Abril en las islas
Primero fue el viaje fin de curso en Lanzarote. Repetimos destino después de lo bien que nos trataron el año pasado. El pequeño albergue está en medio de la nada, donde cobertura y electricidad no tienen sitio. Y quizás sea ese su principal encanto.


Chicas y chicos arremolinados bajo la luz de la única farola en animada conversación. Cabañas de madera llenas de risas y desorden a partes iguales. Un amanecer único con el mar al fondo. Y sobre todo: Juan y Carmen, que consiguen desde el minuto cero que en lugar de albergue pienses que estás en tu propia casa.
-¿Un café?
Y te sientas en el pequeño porche hablando de nada mientras los chicos van apareciendo para el desayuno con cara de haberlo pasado mejor que durmiendo.

Lanzarote es un destino que vale mucho la pena. Quizás sea el cuidado que desde siempre se ha puesto para que en el paisaje reine una cierta armonía. Son sus pueblecitos, pero también las palmeras que jalonan cada rincón, y el color inconfundible de la piedra volcánica, y los barrancos y la geria.

Y fue aterrizar para carmbiar las maletas y a los dos días volar de nuevo a las islas. Esta vez a Gran Canaria y en mejor compañía. Cuando volvamos mañana a la guarde, en la lista de alimentos nuevos que hemos introducido estas vacaciones incluiremos el huevo y la tierra. El primero en pequeñas cantidades, el segundo "a paladas". Y oye...¡qué no les pasa nada!