Pongamos que hablo de Madrid...
Resulta que el intercambio supone (y de ahí su nombre) que estos días estemos de anfitriones del liceo italiano y que nos haya tocado dar más de un paseo por la city. Algo tiene esta ciudad que cuando no la pisas la extrañas y cuando la pisas quieres huir corriendo de nuevo a las montañas.
Allá donde se cruzan los caminos, seguía Mingo, viejo testigo de tardes memorables.
Allá donde el mar no se puede concebir, se reflejaba en la quietud de un pequeño estanque el templo de Debot.
Y allá donde regresa el fugitivo, habitaban artistas que hacían malabares en los semáforos, estatuas mudas e inmóviles echas de barro y sonrisas y músicos que llenaban el cielo con sus notas. Ese cielo inconfundible que vimos paseando por el museo del Prado, en los cuadros de Velázquez, y de Goya. Ese cielo inconfundible que te recuerda que en esta ciudad un agujero queda para ti, aunque cuando estés dentro quieras volver a ver las estrellas, esas que en el cielo de Madrid se olvidaron de salir.