Algunas pautas para ser profe y no morir en el intento
No dejan de sorprenderme aquellos que han decidido dedicarse a la docencia pero pasan el día renegando de ella. Me producen la misma impresión que me produciría un bombero que echara pestes cada vez que tuviera que abandonar la partidita de mus con sus colegas de guardia, porque hay que apagar un fuego o salvar una vida.
El otro día prometí dar unas pautas sobre cómo pienso que se puede llegar a ser un profesor y no morir en el intento sin saberse más de tres nombres de juegos de la Play ni tener el curso de artista circense y creo que el primer párrafo da muchas pistas. Porque está claro que si te dedicas a esto, unos cuantos fuegos al día te va a tocar apagar. El problema aparece cuando no se relativizan un poco esas situaciones. Todos tenemos tendencia a imaginarnos un mundo ideal en el que alumnos ansiosos de conocimientos esperen nuestra lección magistral con los oídos bien abiertos, o al menos tengan algo más dentro de la cabeza que un insidioso afán por tocar las narices (y cuantas más narices tocan –compañeros, compañeras, profesores, conserjes, jefes de estudios…- parece que se fueran más contentillos a casa).
Así que el primer paso para no fracasar en el noble intento de ser profe es asumir que en este negocio toca quemarse…y hay que tomárselo con el mejor humor posible. No es difícil cuando uno ve desde fuera las situaciones tan surrealistas con las que lidia cada día (hoy mismo han llegado tres alumnos de 2º ESO diez minutos tarde porque tenían que acompañar a una alumna de 3º que está con muletas…¡¡los tres!! y lo dicen tan frescos oye…)
El siguiente paso es ser fiel a uno mismo. No hay nada más patético que alguien sin gracia tratando de ser gracioso, porque puede acabar siendo graciosillo (generalmente abusando de la ironía), y los chicos con los profes graciosillos son especialmente crueles. Ser fiel a uno mismo da mucha tranquilidad, evita que tengas que enfrentarte cada mañana con el espejo para buscar tu propia identidad, y eso, a partir de cierta edad, da bastante pereza.
Total que, si te quemas sin dejar de ser tú mismo creo que no vas por mal camino.
Pero hay un tercer paso imprescindible: Tener unas dosis bastante altas de empatía…que viene a ser algo así como “saber ponerse en el lugar del otro en cada momento”. Y el otro es un alumno que puede haber tenido dos exámenes esa mañana, haber estado castigado sin recreo y haber cortado con su novia, y todo eso en menos de tres horas. El otro es un grupo de personas con un nivel bien alto de hormonas que no se suele encontrar especialmente motivado con la idea de que “la célula es la unidad anatómica y funcional de los seres vivos”.
Con estas tres patas, el taburete emocional de un profesor se sostiene un poquito mejor, y está en condiciones de poner los medios para hacer su trabajo lo mejor posible.
Y nos repiten que para hacer bien nuestro trabajo tenemos que dejar que sea el alumno el que construya su aprendizaje, y que busquemos recursos para motivarle, y que adaptemos los contenidos y los procedimientos a la realidad concreta del aula concreta. Estoy casi seguro de que si consiguiera acabar uno de esos libros escritos por pedagogos de despacho pediría cita al psicólogo en menos de veinticuatro horas.
De entrada todas esas cosas no se pueden hacer en un aula que tiene más de jaula de grillos que de aula, así que antes de nadahay queconseguir un mínimo de respeto (y de eso no se habla mucho en esos libros). Lo de conseguir un clima de respeto lo podemos abordar en otro momento, baste con un par de normas básicas: respeta si quieres ser respetado y sé fiel a tu código de buena conducta (que se podría simplificar en cumple tus “amenazas”)
Llevar la clase bien estructurada ayuda mucho: diez minutos de leer en voz alta, cinco minutos un poquito de explicación, diez minutos tres ejercicios en el cuaderno, otra poquito de explicación mientras corrigen los ejercicios. Está claro que empeñarse en dar una clase universitaria magistral no funciona en el mejor de los casos hasta que no te toca en suerte un grupo bueno de 4º ESO. Y de cuando en cuando algo fuera de lo normal: una clase en el aula de informática, un trocito de vídeo, una presentación de power point, un concursito, una práctica magistral de laboratorio…
Y por último...la clave para vivir con dignidad este oficio esllegar a los alumnos. A los alumnos no se llega siendo un profe superguay de la muerte (de esos de serie barata de televisión)…sino teniendo verdadero interés por sus circunstancias y eso es un arte que a mí me gusta llamar cariño, y que como cualquier arte requiere altas dosis de dedicación y esfuerzo: sonreír por los pasillos con más sueño que vergüenza, abrir las dichosas clases una y otra vez a los olvidadizos, ensañarse en los valores positivos que todos, absolutamente todos, tienen, y así un día y otro.
Creo que este post ha quedado más como un capítulo de un libro de esos de autoayuda que como un post, pero si has llegado hasta aquí y te ha podido ayudar en algo me alegro.
He localizado un martín pescador en el embalse…otro día lo cuento.
patricia dijo
Ostras!!! tu no podrias venir al cole de mi hija a explicarles esto? o darles algunas clases?.
Mi hija aun va a 6, pero el profesor, ya pega puñetazos en la pizarra y las mochilas vuelan fuera del aula (con carro y todo...).
Felicidades, es un lujo para tus alumnos tenerte como profesor. Espero que te sepan valorar, pues joyas como tu no se encuentran facilmente.
7 Febrero 2008 | 11:15 AM