¡¡¡¿¿¿ Qué no tienes teleeeee ???!!!!
¡¡Qué no tienes teleeeee!! con diferentes matices, tonos y colores es el grito que emiten casi al unísono mis queridísimos alumnos cuando me preguntan mi opinión sobre la actuación de Laura en el pasapalabra.
Una vez repuestos del shock inicial proponen diversas soluciones: “profe, si eso te regalamos una”, “la de mi cuarto funciona a leches pero puede valer”, “¿y no te aburres?”... Evidentemente, para no causarles un daño neurológico de difícil reparación y en prevención de las medidas judiciales que puedan emprender sus progenitores, contesto que sí, que me aburro como una ostra y que la vida sin la compañía de los Serrano es una pesadilla que no recomiendo ni a mi peor enemigo.
Luego con un poco de nostalgia recuerdo los tiempos en los que tampoco tenía tele y para poder disfrutar de las aventuras de Viky el vikingo tenía que subir a casa de Luis, mi vecino del sexto ¡Qué gran momento el lunes por la tarde!...(aunque si no recuerdo mal su madre preparaba una merienda a base de bocatas de mortadela...¡con aceitunas! y puede que arranque ahí el pequeño trauma del que alguna vez os he hablado).
Hace unos días prometí contar algo de la generación de los 70. Y hoy que es martes (cinco horas de clase, coro en el recreo, pila de exámenes por corregir...y tostón de un trimestre que nunca termina) ha llegado el momento de cerrar los ojos y volar con la imaginación en dirección hacia aquellas hileras de montañas que se recortaban en el horizonte las tardes de verano. Aquellas sencillas montañas que formaron parte de un viejo bloc de dibujo. Muchas cosas en común tenemos todos aquellos que pasamos una infancia de barrio y de peonza, de chapas, piqui-por-fuera-es-fuera, bucanero, bicicross y tigretón.
Nos unían unas zapatillas que se llamaban “tórtola” que fueron cediendo terreno a las “paredes” y a las “jumas”, pronunciado “yumas”, o a las “yumas” pronunciado “jumas”, nunca lo tuve claro.
Nos unía el palulú, esto sí que no sé cómo se escribe pero se pronuncia así palulú y lo vendía un viejo en una mugrienta caja de madera a la salida del colegio. La máquina de marcianos (“game over insert coin”...en realidad pasabas más tiempo viendo la demo que insertando coins), el chivatazo: “bola, bola, bola” cuando alguna de las canicas se salía del bolsillo del más despistado e iba dando botes por toda la clase.
Nos unen unas rodillas que siempre presentaban restos de mercromina, interminables partidos de fútbol a la luz de las farolas, la goma (pfff, a la comba todavía uno podía prestarse, pero eso de jugar a la gomita...), rescates y bote botero.
Nos une que a las diez había que estar en casa, el duro de los domingos para comprar un anhelado sobre de micro-figuritas de plástico descolorido. La carta de ajuste, el mundial de naranjito y la melodía de las series de dibujos animados que repetimos cada vez que nos sentamos alrededor de una mesa un grupo suficiente de niños de los 70. Como parece que el tema da para algo más, queda abierto para futuros blogs de los martes...¡se admiten sugerencias!
Las fotos representan el momento en el que intenté que mi queridísima tutoría posase para hacer una foto y ponerla como elemento decorativo de la clase. Como podéis suponer “el momento” tuvo una duración no inferior a diez minutos. Afortunadamente fue a primera hora y todavía estaban tranquilitos.


Despistada dijo
Vaya tropa... por ahí corre un blog que lo llaman el "palodú"...
28 Marzo 2006 | 02:37 PM